Los que creen en Elon Musk basan su fe tanto en su visión de ir donde nadie ha ido antes, como en su capacidad para financiarlo (lo que muchos llaman el “respaldo Elon”). El anuncio del 2 de febrero de que fusionará SpaceX, que construye cohetes y vende internet satelital, con xAI, su laboratorio de inteligencia artificial, no carece de ambición.
El hombre más rico del mundo declaró que la nueva compañía “extenderá la luz de la conciencia hasta las estrellas”. Sin embargo, en la Tierra resulta cada vez más difícil entender cómo cierran sus números.
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La operación valora la nueva entidad en US$1,25 billones; los inversores de SpaceX tendrán derecho al 80%, y el resto quedará en manos de los dueños de xAI (Musk posee una participación de control en ambas). La justificación oficial es que trabajarán juntas para lanzar una flota de centros de datos al espacio, otorgando a xAI una ventaja en la carrera por desarrollar modelos de última generación y, al mismo tiempo, abriendo una nueva línea de negocios para SpaceX. En lo inmediato, la combinación podría impulsar una salida a bolsa prevista para este verano boreal.
Pero al unir SpaceX y xAI, Musk carga a un campeón espacial altamente rentable con un actor rezagado y deficitario en IA. Al mismo tiempo, está reconvirtiendo Tesla en una “empresa de IA física”, centrada en taxis autónomos y robots humanoides. Si la última ola de inteligencia artificial resulta tan transformadora como algunos anticipan, estas apuestas audaces podrían dar resultado. Si no, el imperio empresarial de Musk podría quedar en peligro.
SpaceX es una joya. En 2025 lanzó cerca de 4000 satélites, alrededor del 85% del total mundial del año. Puede poner objetos en órbita a un costo mucho menor que cualquier competidor. Starlink, su servicio de internet satelital y principal fuente de ingresos, cuenta con unos 9 millones de suscriptores en todo el mundo, según Deutsche Bank, más del triple que hace dos años. Además, la compañía mantiene lucrativos contratos gubernamentales. En conjunto, habría generado hasta US$16.000 millones en ingresos en 2025 y alrededor de US$8.000 millones en ganancias operativas (antes de depreciaciones y amortizaciones).
Muy distinta es la situación de xAI. El año pasado facturó del orden de US$500 millones con sus modelos Grok; OpenAI, creadora de ChatGPT, ingresó cerca de US$13.000 millones. X, la red social que se fusionó con xAI el año pasado, habría sumado otros US$3.000 millones. Aun así, el negocio en su conjunto estaría perdiendo alrededor de US$1.000 millones al mes mientras invierte sumas gigantescas en centros de datos.
La empresa enfrenta además investigaciones en la Unión Europea y el Reino Unido por presuntas violaciones de normas de datos y por el lanzamiento de un generador de imágenes utilizado para producir deepfakes desnudos, incluso de menores. Musk niega irregularidades, pero eventuales sanciones podrían alcanzar hasta el 6% de la facturación global en la UE y el 10% en el Reino Unido.
A ello se suman deudas: xAI tomó US$5.000 millones para financiar su expansión en centros de datos y estructuró vehículos adicionales con deuda por unos US$3.500 millones para adquirir chips de IA. La fusión con X dejó pasivos por otros US$12.000 millones. Por su parte, SpaceX asumió US$2.000 millones en intereses vinculados a un acuerdo con EchoStar. Estas obligaciones presionan al grupo mientras xAI sigue en rojo y SpaceX invierte fuerte en su nuevo sistema de lanzamiento Starship, aún demorado.
Una inyección de capital vía bolsa aliviaría la carga. La empresa fusionada buscaría recaudar US$50.000 millones con una valuación mínima de US$1,5 billones. Es una cifra elevada incluso para Musk. Tesla vale US$1,5 billones, pero el año pasado facturó US$95.000 millones, cinco veces más que SpaceX y xAI combinadas. Algunos inversores institucionales podrían desconfiar; otros se verán disuadidos por la asociación con Grok. Musk apuntará más bien a inversores minoristas, seducidos por la promesa de centros de datos orbitales como antesala de fábricas en la Luna y ciudades en Marte.
Reputación corporativa. Hacia una nueva infraestructura de confianza
La fusión revela cuán comprometido está Musk con dominar la IA. También hay un componente personal: mantiene una disputa abierta con Sam Altman, jefe de OpenAI y cofundador junto a él, a quien ahora demanda por abandonar la estructura sin fines de lucro original.
En teoría, los centros de datos orbitales podrían darle ventaja. SpaceX ya pidió autorización para desplegar una constelación de un millón de satélites con capacidad de cómputo. Musk sostiene que en dos o tres años el lugar más barato para generar capacidad informática será el espacio, aprovechando energía solar sin pérdidas atmosféricas.
Sin embargo, persisten dudas técnicas y económicas: costos de lanzamiento, necesidad de refrigeración en órbita, daños por rayos cósmicos y la rápida obsolescencia de chips de IA. Estudios recientes sugieren que el costo por kilogramo lanzado no caerá a niveles comparables con centros terrestres al menos en una década.
Tesla podría jugar un rol clave. A fines de enero anunció una inversión de US$2000 millones en xAI. Las compañías comparten cada vez más software, datos y chips. Algunos especulan con una integración mayor, aunque Musk no posee el control accionario total y su paquete de compensación —potencialmente de hasta US$1 billón— complicaría cualquier fusión.
La automotriz dejará de producir los modelos S y X, que representaron apenas el 2% de su producción en 2025. El espacio fabril se destinará a Optimus, el robot humanoide, con meta de un millón de unidades anuales hacia 2027. También avanza el Cybercab, un taxi autónomo biplaza que entraría en producción masiva en abril. Musk asegura que antes de fin de año sus robotaxis estarán disponibles para hasta la mitad de la población estadounidense.
En la práctica, tanto los taxis autónomos como los robots tardarán años en generar flujos significativos de caja, mientras el negocio central de Tesla se desacelera: las ventas cayeron 9% en 2025, segundo año consecutivo de retroceso, en un contexto de competencia creciente y desgaste de su portafolio.
Como con SpaceX, Musk apuesta el futuro de Tesla a la inteligencia artificial y a su capacidad de integrar sus compañías para dominar la tecnología. Muchos han dudado antes de sus ambiciones. Pero nunca había puesto tanto en juego.


