Autora y directora: Mora Monteleone. Intérpretes: Yanina Gruden, Nahuel Monasterio, Martina Zalazar, Federico Pezet y Rosa Rivoira. Escenografía: Micaela Sleigh. Iluminación: Matías Sendón. Música original y diseño sonoro: Gustavo García Mendy. Vestuario: Gabriella Gerdelics. Teatro: Espacio Callejón (Humahuaca 3759). Funciones: miércoles, a las 20.30. Duración: 85 minutos. Nuestra opinión: Muy buena.
Se estrenó hace cinco semanas y agota localidades. Provoca un original fenómeno en el público: algunas de las espectadoras más jóvenes salen llorando de la sala. La pieza parece escrita para la generación que va de los 20 a los 30 años. Pero el conflicto que expone, la crisis en las relaciones, la amistad, los engaños, la hipocresía y las trivialidades típicas de lo cotidiano, postergando conflictos de fondo, son temas que la autora, Mora Monteleone, expone a través de una estructura literaria admirable, con atisbos de comedia dramática y acertados tics de sitcom. Sumado a un constante “juego de espejos” entre personajes, la valorización de primeros y segundos planos en escena y una dirección actoral de mano firme, en la que lo que dicen los intérpretes se apoya en la convicción de sus voces, la crispación, la inquietud y la relación entre un cuerpo y otro.
Un pronunciado crescendo dramático va definiendo las situaciones que, por instantes, disparan una sonrisa, o nos desestructuran como espectadores, al mostrarnos la indiferencia de un personaje, frente al relato angustiante de otro, que intenta transmitirle que está en juego su vida.
Sagaz, lúcida e intrépida dramaturga, Monteleone, de 32 años, ha estrenado varias piezas, como Fiesta en el jardín (en 2022, basada en cuentos de Katherine Mansfield, con la que también agotó entradas en el Cultural San Martín).
En La noche dos veces, trata un tema ríspido, la hoy casi olvidada, guerra de Malvinas y los jóvenes que murieron y fueron convocados a luchar en una contienda para la que no estaban preparados. Ese es el caso de uno de los personajes, Gabriel, el gran detonante de este impactante relato, que se desarrolla, simultáneamente en dos décadas, 1982 y 1992. Lo que se nos muestra en una y otra es la relación que une, o unió a esos personajes y diez años después, quienes ya no están, o cómo se han modificado los otros, sumado a una voz en off que destaca la presencia de una niña de unos diez años, hija de la protagonista, Eloísa. Una mujer que, en parte, prefiere negar lo que sucedió con su pareja y ese conflicto lo transmite en un mar de acciones y palabras que contagia “oleadas” de angustia en el que observa. Tanto quizás –como cuando en el segmento que corresponde a 1982– se escucha la voz quebrada de Gabriel, el joven músico, que llama a su amigo Sergio, para decirle que fue convocado a Malvinas al otro día y no puede ubicar a su novia, Eloísa para contarle.
Monteleone se inspiró para escribir esta obra en lecturas de Jerome David Salinger (1919-2010). En especial, en el relato de El tío Wiggily en Connecticut (1948).
Monteleone y su equipo de jóvenes intérpretes conmueven al espectador a través de personajes tan exquisitamente diseñados, que pareciera que se los espía por el “ojo de una cerradura”. La escenografía de Micaela Sleigh subraya ese constante juego de espejos, que se produce entre una década y otra y la música incidental de Gustavo García Mendy destaca y relaja o tensa los instantes más dramáticos y definitivos de la obra.


