Aunque Maradona fue una figura llena de contradicciones y excesos, con luces y sombras, nadie podía acusarlo de ambigüedad. Messi, en cambio, ha construido una Aunque Maradona fue una figura llena de contradicciones y excesos, con luces y sombras, nadie podía acusarlo de ambigüedad. Messi, en cambio, ha construido una

¿Diego Armando Maradona o Lionel Messi?

2026/03/17 15:30
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Este es uno de esos debates que parecen no tener fin: quién fue mejor, quién marcó más su época, quién llevó más lejos a Argentina.

Durante años la discusión se mantuvo dentro de la cancha, pero hace unas semanas apareció una imagen que volvió a abrir otra dimensión del debate: la fotografía de Messi con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

La imagen se viralizó y reapareció una pregunta inevitable: ¿qué habría hecho Maradona?

En realidad, no hace falta especular demasiado. Maradona nunca dejó espacio para la duda. En 1986, tras ganar la Copa del Mundo, dijo con claridad: “soy de izquierda, todo de izquierda, de pies, de fe, de cabeza”. A lo largo de su vida se reunió con líderes como Lula da Silva, llevaba tatuado al Che Guevara y en 2005 participó en la contracumbre de Mar del Plata, conocida como la Cumbre de los Pueblos, donde ante miles de personas gritó desde un escenario: “Argentina es digna, echemos a Bush”.

Se podía estar o no de acuerdo con él y, aunque Maradona fue una figura llena de contradicciones y excesos, con luces y sombras, nadie podía acusarlo de ambigüedad.

Messi, en cambio, ha construido una figura pública completamente distinta. Durante toda su carrera ha evitado pronunciarse sobre asuntos políticos. Su relación con el poder ha sido silenciosa, distante, casi siempre mediada por el mundo institucional o corporativo.

Pero incluso cuando una figura pública guarda silencio, sus acciones hablan. Estar en una fotografía o validar una escena pública también comunica. En la era de las redes sociales, la neutralidad no existe.

Por eso el debate entre Maradona y Messi trasciende el futbol. No es solo una discusión deportiva. Es también una discusión sobre el papel que juegan las figuras mediáticas en la vida pública.

La historia muestra que el deporte y la cultura nunca han estado separados de la política. En los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, organizados por el régimen nazi como vitrina de propaganda racial, el atleta afroamericano Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro y demolió frente al mundo la narrativa supremacista de Hitler.

En los Juegos Olímpicos de México 1968, los velocistas Tommie Smith y John Carlos levantaron el puño con un guante negro durante la premiación olímpica en señal de protesta contra la discriminación racial en Estados Unidos.

En Brasil, en los años ochenta, el futbolista Sócrates impulsó la llamada Democracia Corinthiana. En plena dictadura militar, los jugadores del Corinthians tomaban decisiones colectivas sobre entrenamientos, concentraciones y fichajes, convirtiendo al club en un pequeño laboratorio democrático.

Este fenómeno no se limita al deporte. También ocurre en la música, el cine o la cultura popular: en su momento, Bob Dylan se convirtió en una de las voces más influyentes del movimiento contra la guerra y por los derechos civiles. En América Latina, artistas como Mercedes Sosa o Víctor Jara usaron la música como una forma de resistencia.

El poder de estas figuras no radica en ocupar un cargo público, sino en la capacidad de influir emocional y simbólicamente en millones de personas. Ese es el verdadero terreno del soft power.

En ese sentido, Maradona entendió que su figura representaba mucho más que goles o títulos.

Cuando en 1986 marcó el llamado “gol del siglo” contra Inglaterra, apenas cuatro años después de la guerra de las Malvinas, para millones de argentinos fue más que una jugada brillante; fue una escena de orgullo nacional en un país todavía marcado por la derrota militar y la reciente dictadura.

En un mundo atravesado por guerras, desigualdad y tensiones políticas, la pregunta no es si las grandes figuras públicas deben mantenerse al margen o asumir una voz propia: la historia demuestra que su influencia es demasiado grande para fingir neutralidad.

Las figuras con alcance global tienen una capacidad única para amplificar causas, incomodar a los poderosos y acompañar a quienes muchas veces no tienen voz. No se trata de exigir perfección ni de esperar que todos piensen igual, sino de reconocer que el impacto de esas plataformas puede ir mucho más allá del espectáculo o del deporte.

A veces ese gesto aparece en un puño levantado. Otras veces en una canción. Incluso, en futbolistas que deciden que su voz también forma parte de la historia.

Por eso el debate entre Maradona y Messi nunca será solo sobre futbol.

En el fondo, es una discusión sobre qué significa tener una plataforma global… y qué se decide hacer con ella.

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