Pasó gran parte de enero y aunque no todos los días fueron muy calurosos, como otros veranos, persiste la idea de inscribirme en una pileta para nadar y refrescarme. Si no me atrapa la procastinación, febrero será el mes del retorno a las aguas, así que tendré que ir renovando las antiparras.
Me atrae poderosamente la escena de hundirme en el medio líquido para mover cada parte de mi cuerpo. Y avanzar. Recuerdo algunas películas sobre la relación con el agua: La caída, de la argentina Lucía Puenzo, Las Nadadoras, de la galesa Sally El Hosaini, y Azul profundo, del francés Luc Besson.
Nadar con estilo y soltura implica sintonizar bien el aparato que aspira y exhala. Algo así ocurre con la música y la escritura: requieren de un cierto tipo de respiración para sonar mejor.
La evocación cinematográfica me lleva inevitablemente a algunas obras literarias sobre el nado, que no es lo mismo que la nada. En una ¿(in)acción?, los incidentes suelen ser eventuales y en la otra, lo que hay es el mismísimo vacío.
Hace un tiempo y durante tres días, Cristina Rivera Garza subió a la web varios tuits con reflexiones personales sobre la natación, pensamientos que acompañó de fotos suyas desplazándose en una pileta descubierta. “Entre flotar y caer, nadar. Uno va a la alberca (así se dice pileta, en México) para estar solo”. La autora de El invencible verano de Liliana y ganadora del Pulitzer recordó a su hermana, víctima de femicidio: “Su patada era mejor que la mía; pero mi brazada era más precisa que la suya. Nunca hablamos de la natación como algo especial. Solo era algo que hacíamos. Juntas”.
El poeta argentino Héctor Viel Témperley escribió en versos su experiencia mística y acuática: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada./ Soy el hombre que quiere ser aguada/ para beber tus lluvias con la piel de su pecho./ Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo/ para tus lluvias mansas,/ para tus fuertes lluvias,/ para todas tus aguas./ Las aguas como lonjas de una piel infinita,/ las aguas libres y la de los lagos, / que no son más que cielos arrastrados/ por tus caídos ángeles. Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada./ Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas/ aguas de los arroyos se sostiene vibrante, /como en medio del aire”.
“Me atravesaba un río/ me atravesaba un río”, reitera Juan L. Ortiz en su duplicidad sintagmática. Ese espacio de comunión con la naturaleza es una fuente de profunda reflexión sobre la vida, el destino y el tiempo, la conexión que fluye de adentro y afuera y viceversa.
Escribió Marcelo Cohen sobre el volumen Aguas, donde la flamante ganadora del Segundo Premio Nacional de Poesía, Alicia Genovese, se arriesga a las zonas de contacto entre su oficio, la gramática y el deporte solitario. “El agua es cíclica, pagana, y nadar es mantenerse entre la forma y el deseo, entre la afirmación y el abandono: ”Abrir el pecho / empujando en círculos / los brazos. Las piernas / en ángulo de rana / y echar hacia atrás / lo que no acompaña; / acostumbrarse a perder…. Y así como los versos van dejando los rigores de la sintaxis por el tempo de la brazada, los nombres particulares –traje de neoprene, gorra de goma, caparazones rotos, vértebra de ballena, filamentos de agua viva– dejan paso a los genéricos y los neutros, como en los dos dísticos finales: y, otra vez, el grito / de mojadura bajo los chaparrones / el avance del drenaje del corazón / y la lluvia sobre lo seco.“
Félix Bruzzone, el autor de Barrefondo, es un higienista de piscinas, un limpiador de piletas, para decirlo en criollo. Luego de 13 años de ganarse la vida trabajando como piletero en barrios cerrados de Don Torcuato, en el conurbano, sale a flote con la escritura de Piletas, desde las profundidades de su experiencia. Hay algo siniestro y calmo en ese mundo callado y transparente en el que los ricos se refrescan. Bruzzone se percibe como una de tantas “mucamas del agua sin cargas sociales”, con frases sorprendentes como si fueran suaves olas, que convierten la dimensión realista en otra fantástica. Frente a las consecuencias dramáticas del cloro y el sol y los desplantes de clienta sirena rubia, aparecen otros otros personajes pintorescos o patéticos.
Piletas es una especie de bitácora que registra un abanico de anécdotas y estampas en torno a un piletero, homónimo del autor, o rebautizado por la exleona Magui Aicega, “la primera vez que le dije mi nombre entendió ‘Erik’ en lugar de ‘Félix’. Desde entonces, para ella, y para las amigas a las que me recomienda, soy Erik, el piletero”.
El portentoso cuento El nadador, del estadounidense John Cheever, narra un episodio en la vida de Neddy Merrill, un habitante adinerado de los suburbios, que decide regresar a su casa nadando, a través de las piscinas de los vecinos de su barrio. A medida que avanza, comienza a darse cuenta de que algo no anda bien. El personaje (inmortalizado por Burt Lancaster en el cine) atraviesa lujosos pozos de agua en las afueras de la ciudad. Va con su traje de baño nadando hacia su casa, cada vez más asombrado con las distintas atmósferas, eras geológicas, temperaturas y memorias que se presentan. En ese viaje se encuentra con cosas inesperadas, pero evita reflexionar, deprimiéndose cada vez más, recordando el pasado y sus problemas.
Leanne Shapton recurre a su experiencia como nadadora profesional, en Bocetos de natación. No escribe la crónica de cuando entrenaba seis horas por día seis días a la semana. Su libro se estructura a partir del nado como una ruta o un idioma útil para entrar en todas partes, referirse a lo más hostil y lo más cercano. La natación es un método que emplea tanto en contarnos un momento cotidiano como en la elaboración de una relación amorosa o la indagación de los cuerpos.
Evoca Leo Baldo una idea de Gastón Bachelard: “La fatiga es el destino del nadador”. Y agrega que “El salto en el mar reaviva, más que cualquier otro acontecimiento físico, los ecos de una iniciación peligrosa (…). Es la única imagen exacta del salto en lo desconocido”. Quien nadó en el mar, lejos de la orilla, como lo hicimos alguna vez junto a Mauro Aguilar, guardavidas de rescate extremo, seguramente sintió la electricidad del peligro, pero la base radica en la respiración bien controlada, con pulmones, alvéolos y bronquios trabajando sincronizadamente para mantener un nado óptimo, rítmico, bien acoplado al elemento en el cual se está. Tal vez suceda lo mismo, no hay certezas, con la escritura. Una narración que no respira bien, se ahoga como un nadador, pero siempre podés flotar y dejar que el resto venga y te impulse“.
La francesa Irma Pelatan hace de la natación una poética en El olor a cloro. Nadadora habitual, practicó la disciplina acuática varios días a la semana en una pileta diseñada por Le Corbusier y mientras el cuerpo se fundía con el agua en un ritmo singular, descubrió su voz: “A la noche, insistente, me molestaba para dormir. En el agua, por lo general, se alejaba de la inquietud y llegaba al territorio de lo sin objeto, la flotación”.
La materialidad de la pileta se vuelve deseo, angustia, vergüenza, libertad, exploración. “Por debajo de la superficie enseguida me despliego, largo aire en burbujas brillantes y de repente una patada potente, luego ondulo, nado debajo de la superficie, llego a este espacio que adoro; luego de golpe; la libertad por delante”.
LH/MF

