Según el autor, solo fracasando y aceptando las oscuridades, pasiones, pulsiones y limitaciones, es que se puede empezar a crecerSegún el autor, solo fracasando y aceptando las oscuridades, pasiones, pulsiones y limitaciones, es que se puede empezar a crecer

Es argentino y da la fórmula para animarse a romper con los mandatos que llevan a tener una vida no deseada

2026/02/08 07:46
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Amor, infidelidad, miedos, adicciones, mentiras: zonas donde la vida emocional nos pasa por arriba. Sobre estos temas profundiza Juan Tonelli, quien se autodefine como un hombre que intenta entender a las personas. “Nunca me sentí cómodo con una sola etiqueta”, afirma.

Estudió administración, ciencias políticas; fue deportista de alto rendimiento, ejecutivo, empresario. Se graduó como administrador de empresas (UBA) con medalla de oro al mejor promedio del INCAP (Instituto de formación política del Ministerio del Interior). También estudió ciencias de la salud con el mismo equipo en el que se formó Harvey Diamond, autor del libro La Antidieta, mayor best seller sobre nutrición y estilo de vida de todos los tiempos.

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Durante varios años el deporte fue lo más importante de su vida. Fue campeón nacional de squash y entrenador de la selección. Tiene otras dos pasiones que descubrió tarde porque entre el squash y el estudio no tenía más margen. “La música y la velocidad. Quizás en una próxima vida pueda cumplir el sueño de ser pianista o piloto de carreras”, reflexiona.

De todas formas, explica que en su recorrido de búsqueda muy personal: escuchar, percibir, conversar fueron su forma de entenderme a mí mismo. “Sentir es intenso; somos seres atravesados por emociones que muchas veces quedan encerradas adentro nuestro”, reflexiona el autor que en su último libro Un paraguas contra un tsunami reúne historias reales que no buscan ofrecer respuestas ni atajos, sino algo “más honesto”: no evitar el tsunami, sino animarse a atravesarlo con más conciencia, menos juicio y también, menos soledad. “Muchas personas se reconocen en esas historias, logran darse cuenta que no son las únicas a las que les pasa tal o cual cosa, y eso les permite mirar sus propios conflictos desde un lugar distinto”, reflexiona.

Admite que su gran vocación fue tratar de entender algo los problemas del hombre. Desde hace 30 años se forma con filósofos, terapeutas, sociólogos, epistemólogos y maestros varios. “Soy un apasionado en intentar comprender lo más posible ese misterio que es la existencia humana”, sintetiza.

En su último libro reúne historias reales que no buscan ofrecer respuestas sino animarse a vivir con más conciencia, menos juicio y soledad

—¿Por qué hablás de un tsunami en el libro?

—El tsunami es la vida cuando no responde a nuestras expectativas. Nos enseñaron a planificar, a controlar, a creer que si hacemos todo “bien” nada malo debería pasarnos. Y las cosas no funcionan así. La vida no pide permiso: irrumpe con su caos, desborda, a veces acaricia y otras golpea.

Un paraguas contra un tsunami no propone evitar ese impacto —porque casi nunca es posible— sino animarse a atravesarlo con un poco más de conciencia, menos juicio y también, menos soledad. Entender que no estamos fallados por sentir miedo, tristeza, culpa o tantas ambigüedades y contradicciones, sino que eso también es parte de estar vivos.

—¿Por qué apelaste a historias reales de vida?

—Porque las historias de otros son una forma más digerible de conocernos a nosotros mismos. Si yo te digo de frente “sos una narcisista”, probablemente te cierres, te defiendas o intentes demostrarme que estoy equivocado. En cambio, si te cuento la historia de alguien con rasgos narcisistas, con sus luchas, sus dolores y el impacto que eso tiene en su vida y en la de las personas más cercanas, es muy probable que conectes y te quedes pensando sobre tu propia vida.

Cuando nos sentimos identificados con algo es más fácil que podamos tomar conciencia. Y la conciencia es siempre el primer paso para empezar a ocuparnos de lo que nos pasa, para mirar nuestros propios problemas desde una perspectiva que antes no estábamos pudiendo ver. No se trata de dar respuestas rápidas, sino de abrir preguntas que nos permitan vivir un poco mejor.

—Pero no buscas dar respuestas ni recetas de bienestar.

—No. No pretendo decirle a nadie qué debería hacer. Escribo para quedarme donde duele, donde hay contradicciones, zonas grises, decisiones que no encajan con lo que nos enseñaron, con las teorías de cómo debiera ser la vida. En el libro aparecen historias de personas reales que están lejos de ser ejemplares, pero son profundamente humanas. Ahí está, por ejemplo, una mujer que se hizo un aborto y tardó décadas en poder perdonarse. Otra que fue abusada por su jefe y se culpa a sí misma por no haberse defendido, sin poder reconocer el miedo real que la paralizaba: perder el trabajo, quedarse sin sustento.

—Son historias incómodas...

—Sí, y tan comunes... También aparece un hombre que encuentra en su amante el afecto que no logra en su casa, pero que no quiere —o no puede— perder su familia. O una mujer que se enamora perdidamente de otra persona estando casada, en un matrimonio bueno, amoroso, estable, algo que para ella solo les pasaba a personas inmorales o débiles. De pronto se descubre viviendo aquello que siempre había condenado. El barro emocional es ese lugar: aceptar que vivir implica ensuciarse y que no todo entra prolijo en una caja.

—¿Por qué la gente te confía historias que no se anima a contarle a nadie?

—Por muchas razones. En primer lugar porque soy un desconocido y no hay nada en juego: ningún vínculo que cuidar, nada que sostener. Pero también porque, según me dicen, en mis videos, entrevistas y charlas perciben que no juzgo. Que hay una mirada compasiva. Cada año recibo más de tres mil historias. Algunas me conmueven especialmente y con esas personas me reúno, converso, intento comprender qué les pasó, qué sintieron, qué aprendieron del tsunami que atravesaron. Y aunque llevo muchos años escuchando relatos, sigo sorprendiéndome.

Las contradicciones y ambiguedades son parte natural de la experiencia humana

—¿Qué te sigue sorprendiendo?

—La complejidad humana. Un gran pensador decía que no existe nada más disparatado que la existencia humana. Creo que tenía razón. Aceptarlo es liberador: nuestras decisiones muchas veces no son sensatas, no son coherentes, y está bien que así sea. En el libro hay también una mujer que se hace monja de clausura y pasa treinta años en un convento para darse cuenta, recién entonces, de que había elegido esa vida porque estaba cansada de las frustraciones sentimentales. A veces son situaciones extremas, que aun siendo diferentes a nuestra vida, nos interpelan. ¿Quién no tardó años en separarse de un matrimonio que no funcionaba, o dejar un trabajo que le hacía mal?

—En este libro decidís correr tus propios velos y contar vivencias personales, muy íntimas. ¿Por qué ahora?

—Después de muchos años narrando historias de otros, sentí que tenía sentido mostrar algunas propias. No porque mi vida sea especial, sino confiando en que compartir algunas cosas intensas que me pasaron, sin pasteurizarlas, puede mover algo en los demás y hacer que se sientan identificados y, por ende, menos solos.

—Te animaste a contar cómo los desórdenes alimenticios casi te llevan a la muerte. ¿Qué entendiste recién cuando tocaste fondo?

—Que no estaba luchando por estar sano, sino por ser querido. Durante mucho tiempo creí que mi problema era la comida, el cuerpo o la salud, y no era eso. Mi hambre no era de comida: era de aprobación, de reconocimiento, en el fondo, de amor. Me exigí tanto para que me quieran que me olvidé de quererme. Tuve que llegar a un punto donde sentí que no había salida, que era el final, para poder soltar. Recién cuando dejé de pelear conmigo mismo y renuncié a todas mis pretensiones —al éxito como anestesia, a la idea de control, a mis propios delirios— apareció algo inesperado: la paz.

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Entendí que rendirme no era una derrota, sino mi salvación. No me recuperé por fuerza de voluntad; me curé cuando dejé de exigir que la vida fuera como yo “necesitaba” y solo deseé tener una vida normal. Hoy sé que muchas obsesiones con la salud son, en realidad, el disfraz de un dolor emocional profundo.

—¿Por qué sufrimos tanto?

—Sufrimos por intentar que la realidad encaje en las ideas que tenemos acerca de cómo debiera ser la vida. El mapa son los mandatos, las expectativas ajenas, incluso las propias. Y por eso siempre digo que si el camino no coincide con el mapa, tirá a la mier… el mapa. A veces hay que soltarlo, aunque dé pánico, para poder ver las opciones reales, el camino de verdad. Dejar de quejarnos porque no coincide con el mapa -las teorías- y conectar con la realidad. Nadie necesita resolver todo ya, ni tener respuestas claras. Las contradicciones y ambigüedades son parte natural de la experiencia humana. Hay que lograr entender un poco mejor lo que sentimos incluso cuando no sepamos qué hacer con eso. No escribí Un paraguas contra un tsunami para ordenar la vida de nadie, sino para intentar aportar algo cuando sentimos que la vida desborda.

-¿Qué libros recomendarías?

-Uno es Ligero de equipaje de Carlos Gonzalez Vallés. Lo leí en un momento de gran crisis personal y fue un bálsamo para el alma. Básicamente, me enseñó que hay momentos que más que seguir intentando lograr lo que queremos, debemos aceptar la vida tal como viene y comprender por qué estamos tan (equivocadamente) aferrados a eso. Y otra cosa genial: el cambio no se “hace” sino que más bien “sucede”. Y cuanto menos nos entrometamos con nosotros mismos, mejor. Hay que aprender a dejarnos en paz.

Otro es Despierta de Anthony de Mello. Este sería otro de mis tres libros que llevaría a una isla desierta si no pudiera llevar más. Me enseñó a vivir. A comprender que la realidad nunca está equivocada. Son mis ideas rígidas las que me arruinan la vida y me causan todo el sufrimiento. Tenemos que dejar de exigir que la realidad sea como necesitamos, porque eso rara vez ocurre. Mejor aceptar la vida y aprender a fluir con ella tal como es.

Otro es Una espiritualidad desde debajo de Anselm Grun. Me enseñó que uno no se vuelve mejor, ni bueno, ni profundo por una cuestión de voluntad. Solo fracasando, aceptando nuestras oscuridades, pasiones, pulsiones, limitaciones, bajando a los sótanos de nuestro ser, es que podemos empezar a crecer. Desde el conocimiento de nosotros mismos, y eso es particularmente cierto con nuestras oscuridades, no con nuestras luces. Pero cuesta, duele, incomoda, y solemos intentar mejorar solo para escaparnos de nuestras sombras que ni siquiera conocemos.

Y uno mío: Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar. ¿Cómo negar o esconder la presencia de un elefante en un living? Eso que parece imposible es lo que vivimos haciendo en nuestras vidas. Temas enormes, evidentes e ineludibles, que hacemos como si no existieran pese a que nos toman en cuerpo y alma. Imposibilitados de abordarlos, los negamos o ignoramos, como si de esa forma no dolieran. Pero duelen.

Hay momentos que más que seguir intentando lograr lo que queremos, debemos aceptar la vida tal como viene
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