En los próximos días estará en librerías de España y América mi nueva novela “Los golpistas”, publicada por la editorial Galaxia Gutenberg, de mi amigo Joan TarEn los próximos días estará en librerías de España y América mi nueva novela “Los golpistas”, publicada por la editorial Galaxia Gutenberg, de mi amigo Joan Tar

El golpe que duró tres días

2026/02/08 11:01
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En los próximos días estará en librerías de España y América mi nueva novela “Los golpistas”, publicada por la editorial Galaxia Gutenberg, de mi amigo Joan Tarrida, editor de extraordinaria perspicacia, que hace tres años publicó “Los genios”, mi novela sobre el puñetazo que Vargas Llosa le dio a García Márquez en un teatro mexicano. Ambas novelas surgieron de una sola pregunta, una curiosidad antigua, persistente, una duda quemante que debía aclarar. En el caso de “Los genios”, la pregunta era bien simple: ¿por qué carajos el genio Vargas Llosa le dio una trompada al genio García Márquez, dejándolo nocaut, y no le habló más? El interrogante que dio origen a “Los golpistas” lleva agitando mi imaginación hace más de veinte años: ¿por qué diablos el golpe que le dieron a Hugo Chávez en abril de 2002 triunfó el primer día y fracasó tres días después? Quiero decir: ¿por qué los confabulados traicionaron a Chávez, lo encerraron en un calabozo, lo obligaron a firmar una carta de renuncia, exhibieron el documento en televisión y, tres días después, contritos por la felonía, lo restituyeron en el poder?

No conocí a Chávez personalmente, pero lo entrevisté en 1998, meses antes de que ganase las elecciones presidenciales. Yo presentaba un programa de entrevistas desde Miami, emitido por la cadena CBS en español, que se veía en toda América, desde Canadá hasta la Argentina, y en Venezuela era difundido por el canal de noticias Globovisión. Todas las noches visitaban mi programa grandes personajes de la vida hispanoamericana: políticos, músicos, actores, escritores, pintores, deportistas de élite. Eran tiempos de esplendor en la televisión. Disponíamos de un abultado presupuesto para invitar a Miami a grandes celebridades: dos boletos aéreos en primera clase, cuatro noches en un hotel cinco estrellas, limusina a disposición durante la estadía, viáticos en efectivo. ¿Quién podía resistirse a semejante invitación? Por eso invitamos al candidato presidencial Hugo Chávez, quien, por supuesto, tampoco se resistió. Chávez me dijo por teléfono desde Caracas que no se perdía mis entrevistas y estaría encantado de conversar conmigo en el programa.

Había, sin embargo, un problema, y Chávez me lo anunció por teléfono: para ingresar a Miami, necesitaba una visa de turista, y él no disponía de ese permiso, y cuando lo había solicitado en el consulado estadounidense en Caracas, se lo habían negado. No te preocupes, Hugo, le dije, la cadena CBS escribirá una carta de invitación y te conseguiremos la visa. Chávez dijo que no conocía Miami y le hacía mucha ilusión visitar mi programa y luego dirigirse con su familia a los parques temáticos de Disney, en Orlando. De inmediato, mi equipo se abocó a la tarea de formalizar la invitación, enviándole a Chávez una carta firmada por el presidente de noticias de la cadena CBS y transmitiendo un fax al consulado en Caracas, solicitando que le concedieran la visa a nuestro invitado.

Por desgracia, la misión consular en Caracas denegó nuevamente la visa de turista al viajero tantas veces frustrado. Volví a hablar con Chávez. Lo noté furioso, resentido, humillado. El argumento del consulado era de una lucidez demoledora: usted, señor Chávez, dio un golpe de Estado en abril de 1992, y por ser un enemigo de la democracia, no le permitimos entrar en los Estados Unidos. Chávez me dijo que ya no era un golpista, que ahora creía en la democracia. Insistí en que hiciéramos la entrevista. Le propuse que saliésemos en directo, vía satélite, él sentado en los estudios de Globovisión en Caracas, yo desde los estudios de CBS en Miami. Aceptó. Lo entrevisté durante una hora. De traje y corbata, se esmeró en proyectar una imagen moderada. Afirmó que creía en la democracia, la libertad de prensa, la propiedad privada. Prometió que no se haría reelegir, gobernaría cinco años hasta 2004 y luego se iría a su casa. Criticó a Fidel Castro y dijo que Cuba era una dictadura. Aseguró que se entendía con los principales empresarios venezolanos y no les confiscaría sus negocios. Terminada la entrevista, me agradeció cordialmente y me dijo que ganaría de todos modos y me invitaría a su toma de posesión, en enero de 1999. De todas las promesas que formuló en ese programa, aquella fue la única que de veras cumplió.

En efecto, Chávez ganó las elecciones en diciembre y me invitó a su juramentación en enero. Yo tenía dudas sobre la conveniencia de viajar. No conocía Caracas, donde era tan famoso, gracias a la televisión. Chávez se sentía en deuda conmigo porque la entrevista que le hice fue amable, sin trampas ni emboscadas, y me tentaba la posibilidad de entrevistarlo nuevamente. Sin embargo, yo desconfiaba del militar golpista. Por un lado, mis amigos de Globovisión, y también los de Venevisión, cadena que deseaba adquirir mi programa, me aseguraban que Chávez se había convertido a la democracia y gobernaría como un socialdemócrata moderado. Por otro lado, un amigo sabio, el escritor Carlos Alberto Montaner, a quien yo veía como un padre intelectual y moral, me había dicho, en su casa en Madrid, en una cena con amigos venezolanos, que Chávez era un embustero, un impostor, pues no creía en la democracia y acabaría siendo un dictador bajo la poderosa influencia de Fidel Castro, quien lo había colonizado mentalmente. Así las cosas, seguí el consejo de Montaner y no viajé a Caracas para darle un abrazo a Chávez. Carlos Alberto me salvó de esa foto que ahora me daría vergüenza y, en aquella cena en su casa, fue una voz solitaria y valiente, porque sus amigos venezolanos, todos, sin excepción, afirmaron que Chávez no se convertiría en un dictador.

Como siempre, Montaner tenía razón. El año mismo en que Chávez tomó posesión como presidente, el golpista fallido de 1992 reveló que seguía siendo un espadón camuflado en 1999, solo que ahora podía dinamitar la democracia desde las entrañas mismas del poder: ordenó a sus adulones que cambiasen la Constitución, estiró el período presidencial de cinco a seis años, convocó a elecciones el año 2000, anunció su candidatura a la reelección y dijo que gobernaría como mínimo hasta 2007. Es decir que ya el primer año de su gobierno Chávez exhibía con impudor su pérfida apetencia de transmutarse en un dictador vitalicio. Sí, había sido elegido por el pueblo, pero gobernaba como un autócrata. Era un dictador popular.

Meses después, el año 2000, la editorial Planeta publicó mi novela “La mujer de mi hermano” y me invitó a presentarla en Caracas. Esta vez no dudé en viajar. Al llegar a esa ciudad, no quise saludar a Chávez ni pedirle una charla periodística. En las entrevistas que concedí, no solo en los estudios de Globovisión, sino en otros canales de televisión, así como en estaciones de radio, critiqué a Chávez, deploré su intención de reelegirse y advertí del peligro que, imitando a Fidel Castro, su mentor y padrino, aspirase a perpetuarse en el poder hasta final de los tiempos. La tarde en que debía tomar el vuelo de regreso a Miami, unos militares me detuvieron, revisaron mis maletas, me interrogaron y amenazaron: “Si regresa, y vuelve a traer drogas, irá preso”. Por supuesto, yo no había llevado drogas. Entendí que, si volvía a Venezuela con Chávez en el poder, meterían drogas en mi equipaje y me encerrarían en un calabozo. Cuando el interrogatorio concluyó, había perdido el vuelo. Tuve que esperar hasta la mañana siguiente, temeroso de que los sicarios del aprendiz de dictador me hicieran una inoportuna visita en el hotel para deslizar drogas en mis maletas, en represalia por criticar a Chávez en su país.

Nunca más regresé a Venezuela. Dos años después, en abril de 2002, los jefes militares más poderosos del país se alzaron en armas contra Chávez, lo obligaron a dimitir y lo confinaron en una celda. Sin disparar una bala, la conjura había triunfado. Derrotado Chávez, los complotados no sabían qué demonios hacer con él: ¿lo fusilamos, lo mandamos a La Habana, lo enjuiciamos por traidor a la patria? Mientras dudaban, Fidel Castro los llamó uno a uno por teléfono y los amenazó entre gritos e insultos: “Si matan a Chávez, mis agentes los matarán a ustedes y a sus hijos”. Tal vez no sea exagerado decir entonces que Castro le salvó la vida a Chávez en aquellos días turbulentos. Lo cierto es que, contra todo pronóstico, los líderes golpistas se aturdieron, se achantaron, pelearon entre sí y permitieron que Chávez recobrase la libertad y volviese al palacio de Miraflores. ¿Por qué se arrepintieron los conspiradores? ¿Por qué aquella sublevación militar terminó siendo uno de los golpes más esperpénticos en la historia de América Latina? Esa es la pregunta que he tratado de responder en mi novela “Los golpistas”.

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