Sebastián Báez no suele mostrar las cartas; ni cuando compite, ni tampoco afuera de un court de tenis. Cumplió 25 años en diciembre y es, con siete títulos ATP (y otras cinco finales jugadas), uno de los tenistas más exitosos de la historia argentina. Su carrera es fulgurante, pero desde chico nunca nadie le regaló nada; el esfuerzo y las ganas de superarse lo fueron moldeando, deportiva y emocionalmente. Confía en su equipo “a muerte” y se aferra a él; se blinda, arropa y potencia entre los suyos. A veces da la sensación de ser taciturno, pero en realidad es reservado y no le agradan los fuegos artificiales. No pone excusas y, lejos de lamentarse, intenta resolver los problemas. Empuja.
Para un jugador generalmente asociado a los triunfos, incluso desde junior (fue N° 1 del mundo en 2018), puede resultar desconcertante y angustiante no poder salir de una larga racha de reveses. El año pasado, tras ganar el ATP 500 de Río de Janeiro y llegar a las finales de Santiago (febrero) y Bucarest (marzo), Báez, prácticamente, dejó de sonreír. Sin pimienta ni malicia, sin la explosión de piernas que lo caracterizan, se deshilachó en el circuito. Perdió 19 partidos (la mayoría en primeras rondas de torneos) y ganó únicamente cinco.
Claro, hubo un motivo muy poco promocionado: dificultades físicas, sobre todo padecimientos en la rodilla derecha. De 1,70 metro y sin un saque u otro golpe letal que le permita ganar puntos gratis, el nacido en Billinghurst (partido de San Martín) basa su poderío en la perspicacia, la intensidad atlética y la repetición de tiros precisos. Pero para ello necesita estar óptimo físicamente, condición que no tuvo, ya que le costó hallar el tratamiento adecuado para curarse. Pero, otra vez: no puso excusas. Siguió y empujó, pese a todo.
En ese contexto, el inicio de esta temporada fue tan resplandeciente como sorpresivo, porque además su performance fue sobre superficie dura, la que menos alegrías le genera. Se mantuvo invicto durante siete partidos, en los que venció, entre otros, a Jaume Munar (entonces, 38°), Taylor Fritz (9°), Stan Wawrinka (156°) y Ben Shelton (8°). Se destacó en la United Cup y fue finalista del ATP de Auckland; en el Abierto de Australia superó el debut y cayó en la segunda ronda. Pero, ¿qué pasó para semejante recuperación? Desde hace dos meses, según el propio tenista, hallaron un tratamiento kinesiológico distinto que dio en la tecla y le permite volver a competir con libertad.
“Hoy celebro estar sano, poder correr, poder sentirme yo mismo otra vez, que no me venía pasando en estos últimos dos años, desde que me empezó a molestar la rodilla”, expresa Báez, distendido, con LA NACION, en el interior del Buenos Aires Lawn Tennis Club, donde ya se juega el tradicional ATP 250 de Buenos Aires. La baja del italiano Lorenzo Musetti corrió el orden de los preclasificados y permitió que Báez, que estaba quinto, quedara como cuarto favorito: saldrá adelantado y debutará -probablemente, el miércoles- ante el vencedor de Ignacio Busse (Perú) vs. Francesco Passaro (Italia, Q).
“Yo venía con un par de lesiones, pero no soy un flaco que pone excusas, ni que rompe raquetas, ni que se muestra muy frustrado, entonces son cosas que no exteriorizo y la gente no lo sabe. Me pasó de que me cueste levantarme de la cama, de que me cueste entrenar… no por el estado anímico, sino por los dolores de rodilla. Entonces, ahora valoré mucho sentirme sano, que puedo correr, que puedo defender, que me siento fuerte y eso me dio una tranquilidad y unas ganas de poder seguir. Eso hizo que pudiera desplegar un buen tenis en la gira por Australia”, añade Báez, actual 34° del mundo, 18° en 2024.
-¿Cómo fueron esos días de oscuridad?
-Fueron momentos difíciles. Me pasó en Australia, el año pasado, sin esconder nada porque se veía: yo jugaba con rodillera. Fue más o menos un año y medio de querer buscarle la vuelta y no poder encontrarla. Cuando se despidió Juan Martín (Del Potro) me preguntaron sobre él y dije que lo que más le deseaba era que pudiera estar sano. Sé lo que es el alto rendimiento, sé lo que son los dolores, sé lo que es pisar o hacer un movimiento con ese miedo de que te duela y de que pase. Son momentos que hay que vivirlos para entenderlos y para crecer también. Ahora, lo que más me sale al momento de ganarle a… en realidad de poder estar en la cancha y correr, es valorar. Miro hacia atrás y valoro a la gente que estuvo conmigo, que me apoyó. Hubo periodistas u otras personas que dijeron cosas sin saber qué hay detrás. Ahí es donde el apoyo de mi gente y, más que nada de Seba (Gutiérrez, su entrenador), fue muy importante. A medida que me fui sintiendo cada vez mejor, por lo menos en este arranque de año, seguí con alegría, pero también con humildad y con los pies sobre la tierra. Hay mucho que trabajar, pero voy por buen camino.
-Tu filosofía es no bajar los brazos.
-Exacto. Lo fui aprendiendo cada vez más a medida que fui creciendo. Es algo que me gustaría transmitírselos a los más chicos, porque es algo que me hubiera gustado verlo en un referente o en mi ídolo. Me gustaría poder dejar esa huella, por así decirlo, y ser una inspiración para alguien que esté arrancando.
-Para un jugador que ostenta siete títulos, ¿qué tan mortificante es perder durante tantos meses?
-Fue una etapa complicada. No solamente de los resultados, porque no los podemos manejar, pero sí desde todo lo que conllevaba esa derrota. En esos momentos, más que nada, es tener la convicción de querer seguir haciéndolo lo mejor posible y no bajar los brazos. Obviamente, cuando venís perdiendo varias primeras rondas seguidas, hay días que te levantás menos motivado, algunos días más dolorido que otros. Creo que gracias a eso pude encontrar caminos diferentes para poder mejorar. Hubo un cambio desde lo médico importante, cambios en el equipo, desde lo kinesiológico, y creo que eso fue ayudando a poder salir de ese momento y encontrar la salud que necesitaba en lo físico.
-¿Qué cambiaste?
-Los triunfos vienen por poder sentirme sano, correr, defender, sentirme yo de vuelta, no dudar a la hora de ir a buscar una pelota. Creo que el diagnóstico y demás no eran equivocados, pero cambiamos el método que teníamos desde lo kinesiológico. Creo que no le estábamos dando en la tecla con los ejercicios para poder recuperar la rodilla. En los últimos dos meses, diría, a partir de noviembre, cambiamos, lo venimos haciendo distinto y encontramos una vuelta de rosca más para poder salir a la cancha y estar al 100%. El resultado se puede dar como no, eso es lo que nos manejamos, pero poder sentirme al 100%, fuerte y rápido ya fue un paso enorme.
-¿Llegaste a dudar de vos mismo, de tus condiciones?
-No sé si dije: ‘Ya está’, pero sí obviamente a medida que vas perdiendo y perdiendo decís: ‘¡Puta madre! ¿Qué hago? ¿Por dónde voy?’. Porque entre esas derrotas hubo distintas búsquedas de recuperación y no dieron resultados. Es complejo y, también, porque el circuito te va obligando a jugar, jugar, jugar… Entonces llega un momento en el que la cabeza se te va oscureciendo, se te va poniendo cada vez con más pensamientos negativos. Recalco mucho lo que te ayuda a salir de ahí: primero, el trabajo y la dedicación, pero también estar bien rodeado, porque las personas en las que te apoyás y están con vos, son las que te pueden levantar o hundir. Y más en un ambiente tan competitivo, que te lleva constantemente al límite desde lo mental, desde lo físico...
-A estar calculando la defensa de puntos para no caer en el ranking…
-Sí, aunque en mi caso no tanto porque trato de no fijarme en eso; en su momento no me hacía bien. Te va llenando de ansiedad. Hay muchos pensamientos que pasan en milésimas de segundos (sonríe). En un punto, capaz, tuviste diez pensamientos distintos y entre medio del punto, corriendo y todo, eh. No te voy a negar que es difícil cuando perdés, que ponés en duda ciertas cosas, pero no desde lo que logré y desde lo que soy, porque estar arriba es para muy pocos y no me lo quita nadie. Soy consciente de que no soy ni Alcaraz, ni Sinner, ni Rune, que se metieron con 17 años. Yo me metí con mucho esfuerzo y trabajo; no solamente mío, sino también del equipo. Y también muestro eso porque, en parte, es como soy. Capaz que hoy vende mucho más alguien más rebelde, que rompe raquetas o es llamativo. Un Kyrgios, Bublik y todos esos jugadores… pero la verdad es que a mí no me interesa eso: yo quiero transmitir un poco lo que soy y lo que me hubiera gustado ver de chiquito en alguien más grande y sentirme identificado.
-Tenés perfil bajo, no mostrás las cartas. Incluso la lesión de rodilla se conoció mucho tiempo después.
-Sí. No lo dije. Tranquilamente lo podría haber dicho en cualquier otro momento como excusa y yo no soy así, ni mi equipo tampoco. Intenté todo el tiempo no poner ninguna excusa y buscarle la vuelta, porque creo que de eso se trata, de ir queriendo mejorar y crecer sin mirar para el costado.
-¿En este tiempo te sentiste subestimado o atacado en las redes sociales?
-No sé si subestimado… El año pasado, después de Río, Chile y Bucarest, cuando empezó la seguidilla de derrotas, en el circuito se va perdiendo ese respeto cuando perdés. Y más que nada cuando se ve que hay ciertas limitaciones. Por más de que yo no la quiera mostrar, se ve, porque es inevitable. Si yo tengo una lesión se me va a ver en el físico, porque no soy un flaco que mida dos metros, que saque a 220 kilómetros por hora. Yo necesito de mi cuerpo. Entonces, en un deporte tan milimétrico como el tenis, en el que cuenta cada detalle, se ve y lo notan los rivales. Fue difícil ocultarlo y no mostrar las cartas. No soy una persona que se queje. Y con respecto a las redes sociales, a mí de chico me costó y más allá de que nací con eso, cuando me metí en ATP tenía 21 años, no tenía experiencia, estaba recién arrancando y me fijaba en Instagram, en Twitter, todas las cosas que se decían y me afectaba, no me hacía bien. De hecho, tengo una anécdota con mi entrenador y Martiniano (Orazi, su preparador físico), yendo a París. No me acuerdo en qué torneo había perdido y estaba totalmente ido, nervioso, no podía estar. Y Seba me decía: ‘Che, ¿te pasa algo?’. Yo decía: ‘No, no, estoy bien’. ‘Dale, te conozco, decime’, insistía. Y bueno, ahí les terminé contando que miraba el ranking, miraba todas esas cosas que no me hacían sentir cómodo y de los comentarios que había, por ejemplo, en Twitter, que a veces es terrible la cantidad de cosas que se pueden decir ahí. Y opté por eliminar la aplicación. Y hasta el día de hoy que no la uso, no la tengo en el teléfono. En ese momento me hizo muy bien.
-Los años también te blindan, ¿no?
-Exacto. Y hoy ya ni lo necesito (Twitter, en realidad X) ni lo quiero tener abierto. Sé lo que me pasó en el pasado y no quiero ni asomarme. Es algo que superé, pero que me costó como a todos los que recién arrancan.
-Hoy, los tenistas suelen recibir muchas amenazas por redes sociales de supuestos apostadores.
-Sí. Los apostadores que te dicen cualquier cosa. Yo cada vez uso menos Instagram, por ejemplo. Es uno de los motivos y porque es una red social que te puede consumir todo el día. Vos estás en Instagram ahora y decís: ‘Voy a estar un ratito’. Son las 10.30; no te diste cuenta y son las 12. Ya perdiste una hora y media sin hacer nada. En la aplicación está la parte en la que podés poner un tiempo límite al día y yo lo tengo así para estar advertido y dejarlo.
-¿En cuánto tiempo lo tenés?
-Lo tengo en 30 minutos diarios. Podés seguir igual, te avisa, pero apenas me aparece, pum, afuera. Sé que las redes son parte de nuestro trabajo. Pero esas cosas ya las vengo manejando de una manera bastante alejada y me hizo bien.
-¿En qué pones tu atención fuera del tenis?
-Siempre me gustó escuchar música, de todo tipo. Me gusta la música en general, pero obviamente escucho reggaetón, rock también. Nada que ver, pero mi artista favorito es Eminem, que hace rap y es americano, encima en inglés. Por eso te digo que escucho todo tipo de música, también de los 80, de los 90. Tengo una buena variedad de estilos. Me gusta ver películas; series muy poco, porque, cuando me meto con algo, no salgo más. En la pandemia que me puse a ver una serie de cuatro temporadas, Stranger Things, y la terminé en tres días. Era pandemia, está bien, pero terminaba de entrenar y me iba a ver la serie. Y me iba a dormir a las tres de la mañana.
-¿Cómo influye el tenis en tu vida cotidiana?
-El tenis es mi vida. Obviamente todo influye y afecta a nivel personal, porque en la cancha está el tenista, pero también está la persona. Entonces en mi juego se va a ver reflejado cómo yo me sienta afuera. Ahí también vuelvo un poco a lo que es la gente que está conmigo, que me ayuda a salir de ahí, para ir encontrando la estabilidad y el equilibrio de decir: ‘Bueno me pasa lo que me pasa, hoy perdí por los motivos que sean, voy a seguir buscándole la vuelta’. Fuera de eso, soy Sebastián, tengo cosas lindas en mi vida, tengo personas que me quieren, soy un chico joven que ha logrado un montón de cosas y que tiene mucho más por vivir. Ahí es donde creo que después de estos cuatro o cinco años en el circuito voy aprendiendo, voy valorando otras cosas y voy entendiendo otras. Así como el ganar o el perder es parte de esto, también lo es poder sentirme orgulloso de mí mismo y que la gente que esté conmigo también se sienta orgulloso del jugador y de la persona que están viendo.
-Perder muchos partidos y no estar pleno el año pasado te llevaron, además, a extraviar un lugar en el equipo de Copa Davis. ¿Te afectó ver el Final 8 desde afuera?
-Obviamente a uno le gusta mucho representar a Argentina, lo hago desde chico, toda mi vida… De hecho, cuando jugué la Davis y debuté acá (gira la vista hacia la cancha central del BALTC, recordando su presentación ante República Checa, en 2022), fue lograr un sueño que tenía desde que empecé a jugar al tenis. Y a partir de ahí fue seguir viviendo ese sueño. Poder tener la camiseta argentina puesta es un orgullo total; lo vivo de esa manera, es algo que me puede. Y obviamente costó estar afuera. Costó, más que nada, porque más allá de cómo estaba física o tenísticamente, en ese momento me hubiese gustado recibir una llamada, pero no le doy mucha vuelta a eso, yo también ya lo hablé con Frana (Javier, el capitán del equipo), que también fue parte del equipo de mí entrenador. Cuando Frana logró entrar en la capitanía de la Davis todos en mi equipo se pusieron re contentos por él, porque obviamente somos así y porque lo impulsamos a que pudiera lograr eso. Entonces… nada, obviamente le tengo cariño; son cosas que pasan.
-Charlaste con Frana hace algunos días, antes de que viajara a la serie en Corea del Sur, ¿verdad?
-Sí, en GEBA. Son cosas que pasaron, que no le quiero dar mucha vuelta tampoco. No hay rencores y la Davis está en mis planes para el futuro. No veo una puerta cerrada, para nada. Representar al país, para cualquier deportista, sentir eso… no sé qué cosa más linda hay.
-¿Que radiografía hacés del ATP de Buenos Aires?
-Creo que a todos los jugadores argentinos nos agarra parados con otra experiencia, con años encima, diferente a torneos anteriores. Acá siempre son partidos complicados y de mucho nivel. Es un lindo torneo y un gran desafío. Es el torneo más grande que tenemos en Argentina y siempre se espera poder jugar en casa, con nuestra gente. Es algo que quiero disfrutarlo. Hoy lo vivo distinto a lo que fueron los últimos dos años, porque siento que volví a ser el jugador que fui. Pero a la vez, diferente, porque ya estoy más grande, tengo otra experiencia, otra cabeza. A mí siempre me gustó poder jugar acá con mi gente, porque obviamente, cuando viajás sos muy visitante. A mí me gusta sentir esa compañía y apoyo. Más que nada, lo valoro, porque sé que en el resto del año no lo voy a tener. Hay cosas aisladas, no sé, muchos argentinos en Roland Garros, en Miami... En los torneos de Río o de Chile me tienen cariño y, hasta jugando con jugadores locales, me respetan mucho. Pero en Argentina es distinto.
-Durante la United Cup, en Perth, Fritz te hizo un gesto provocador, refiriéndose a tu altura. En el momento no lo viste, pero te alertó tu entrenador. ¿Cómo lo tomaste?
-Cuando Seba me lo dice en la cancha yo pensé que fue como para salir con más impulso. Pero, después, cuando lo vi en videos, dije: ‘La puta madre…’. No me gustó. Pero también supe que es un festejo que se hace en la NBA, él es gringo y es muy fanático de esos deportes, pero igual, lo que más me gustó fue que después de que me hiciera ese gesto, le gané (4-6, 7-5 y 6-4). Así que fue la mejor sensación que pude haber tenido.
-¿Qué te despiertan Alcaraz y Sinner?
-Son jugadores totalmente distintos. Alcaraz tiene un talento, una habilidad y una rebeldía que no son normales; una explosión de piernas terrible, calidad de tiros impresionantes. Son flacos relativamente altos que tienen una movilidad poco común y, después, las variantes que tienen de tiros. Alcaraz en todo el tiempo te tira tiros que vos decís: ‘¡Flaco, dale!’. En un punto te puede tirar slice, globo, misil, drop, globo, misil. Tirás para todos lados y siempre tenés una respuesta. Con Sinner sentís que te ahoga. Se la dejaste corta y te hunde. Pero después no te erra una bola, no te erra devoluciones, está todo el tiempo ahí, intenso, defendiendo, entonces te provocan cosas diferentes. Con Alcaraz, por lo menos desde el lado del jugador, se siente que hace más errores, pero a la vez no sabe para dónde va a salir, tiene más abanico de cosas como para dejarte parado. Sinner puede ser más predecible, pero es muy… nosotros le decimos Robotito. Es muy parejo y siempre juega al lugar correcto. Es una maquinita. Frío. Táctico. Son dos talentos y es impresionante lo rápido que lograron tantas cosas.
-Tenés 25 años y casi ocho como tenista profesional. Si mirás hacia atrás, ¿qué ves?
-Se me va pasando muy rápido, muy rápido.... Para mí, Estoril (cuando ganó su primer título ATP) lo estaba jugando el año pasado y eso fue 2022. ¡Una locura! ¿Si superé mis propias expectativas a este nivel? A ver… Yo tenía dos visiones. Una era la de un chiquito de 12, 14 años, que veía la tele y soñaba con ganar un Grand Slam, ser número uno del mundo. Les veía ganar todo a Roger, Nadal, Djokovic, Murray, monstruos, monstruos... En ese momento, con esa ilusión, decía: ‘Lo puedo lograr’. Y a medida que fui creciendo te vas dando cuenta de esa dificultad. No perdés esa ilusión, pero sí vas siendo más realista. Y entre esa realidad fui viendo mucho lo que era (David) Ferrer, por ejemplo. Era un animal que peleaba con las cuatro bestias que mencioné y estaba ahí. A Ferrer lo tomé como ejemplo; para mí fue de los mejores tenistas de los “mortales”. Y de más grande esos sueños no se achicaron, pero se fueron transformando en mini objetivos que me fueron arrastrando a ir corriendo un poco el límite. De chico no tenía un sueño claro, quería hacer lo mejor que pudiera, pero creo que en cierto punto superé mis expectativas. No tenía la expectativa de llegar a 12 finales de ATP, ganar 7, haber estado 18° en el mundo, estar dentro del top 50 del mundo por quinto año ahora… La verdad que son cosas que no me esperaba. Fue y es una linda sorpresa que la quiero seguir mejorando.
-¿Te ves mucho tiempo girando en el circuito?
-A mí el tenis me encanta, no sé hasta dónde me dará el físico, pero hasta donde lo haga yo voy a seguir jugando. El tenis me apasiona y es lo que más me gusta hacer en el mundo; yo no me veo haciendo otra cosa, ni ahora, ni en cinco ni en 10 años. Capaz que el cuerpo me dice en dos años: ‘Che, es hasta acá’. O en cinco, en siete, en diez; no lo sé. Yo voy a hacer todo lo posible para que mi cuerpo esté sano. Y, después, el tiempo lo dirá. Yo quiero hacer lo mejor que pueda y, que el resto, se encargue el de arriba.


