Cada 14 de febrero las vitrinas se tiñen de rojo. Flores, globos, cajas de chocolate… y fresas. La fruta más asociada al amor no llegó ahí por casualidad. Desde la antigüedad, la fresa ha sido símbolo de fertilidad y deseo. En la mitología romana estaba vinculada con Venus, diosa del amor, cuya leyenda dice que las fresas nacieron de sus lágrimas. Su forma de corazón y su color intenso terminaron de construir la metáfora perfecta.
En la Edad Media, en París, era costumbre servir sopa fría de fresas a los recién casados como símbolo de prosperidad y pasión. Más adelante, en el siglo XX, la combinación de fresas con crema se volvió un clásico romántico en celebraciones y cenas íntimas.
En términos gastronómicos, la fresa también conquista por equilibrio: tiene acidez natural, aroma floral y un dulzor delicado que contrasta con ingredientes cremosos como el queso. Por eso el pastel de queso con fresas funciona tan bien: la fruta corta la grasa del lácteo y aporta frescura.


