Hay fechas que invitan a regalar algo tangible, pero también a cuestionar qué es lo que realmente permanece. San Valentín suele detonar el consumo de chocolates, flores o peluches; sin embargo, la evidencia sugiere que su valor emocional suele ser efímero.
Desde la psicología del consumo, cada vez existe mayor consenso en que las experiencias compartidas tienen un impacto más duradero que los bienes materiales, especialmente en relaciones de pareja.
A diferencia de los objetos, que con el tiempo se integran a la rutina o pierden significado, las experiencias se alojan en la memoria emocional. Se recuerdan, se comentan y se resignifican conforme pasa el tiempo, fortaleciendo el vínculo.
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Imagen ilustrativa tomada de Freepik
El comportamiento del consumidor muestra un interés creciente por planes y actividades compartidas, como cenas, escapadas cortas o experiencias de bienestar. Este tipo de consumo suele generar menos arrepentimiento posterior y una evaluación más positiva del gasto, ya que el beneficio no se limita al momento de la compra, sino a lo vivido en conjunto.
Más allá del tipo de actividad, el valor de las experiencias compartidas radica en su impacto en la dinámica de la pareja:
Club El Economista integra beneficios y promociones en categorías que se prestan para planes en pareja, ayudando a que estas decisiones también tengan sentido, por ejemplo:
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