Pensar en los bastiones de nuestra democracia constitucional no es cosa fácil; nos implica pensar en procesos históricos de largo aliento que han creado históriPensar en los bastiones de nuestra democracia constitucional no es cosa fácil; nos implica pensar en procesos históricos de largo aliento que han creado históri

¿Qué significa intervenir democráticamente?

2026/02/23 14:32
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Pensar en los bastiones de nuestra democracia constitucional no es cosa fácil; nos implica pensar en procesos históricos de largo aliento que han creado históricamente condiciones de posibilidad para generar límites indispensables para protegernos de nosotros mismos. Pasaron más de tres décadas para consolidar instituciones sólidas para gestionar procesos competitivos y complejos en nuestra realidad actual. Por otra parte, si hacemos un análisis sobre cómo se han construido, reconfigurado y reestructurado nuestras instituciones con el paso de los últimos años, sería importante, a su vez, analizar la complejidad de nuestro contexto, en el cual los desafíos como lo son las violencias en todas sus formas, altos niveles de corrupción, desigualdad, vulnerabilidad de los derechos humanos, proliferación de clientelismos, desigualdades, exclusiones y procesos de precarización tanto económica como de acceso a oportunidades de crecimiento han incidido crónicamente en procesos de debilitamiento democrático e institucional.

Por otra parte, no podemos dejar de lado que la cultura democrática y su fortalecimiento es una responsabilidad compartida. Actualmente nos enfrentamos a muchos desencantos, desconfianza en nuestras instituciones y, a su vez, posiblemente una decepción generacional, donde nos preguntamos: ¿de qué sirve que me involucre y participe? ¿Mi intervención pudiera cambiar las cosas? Yo diría que nuestros procesos históricos nos han mostrado que las apuestas por la filiación y el cambio están siempre dispuestas. Esto quiere decir que, cuando pensamos si las condiciones presentes pueden cambiar, me gustaría proponer un llamado primero a pensar: ¿Cómo estamos comprendiendo nuestras democracias en tiempos tan acelerados y politizados? ¿Cómo plantear y construir perspectiva frente a los retos que nos rodean?

La democracia es un sistema que se conforma por múltiples variables; en este sentido, tomar un tiempo para comprender qué es lo que nos ocurre implica una actitud responsable a partir de tres momentos: constatar, diagnosticar y pronosticar. Estos tres momentos son en sí mismos procesos de reflexión activos que ameritan, primero que nada, poner atención a lo que “sucede y cómo sucede”. Así, la apuesta por reconfigurar y reorientar nuestras instituciones parte de cómo los procesos democráticos se están comprendiendo tanto a escalas globales como locales.

Esta ventana de oportunidad contribuye a hacer un tiempo de análisis y diagnóstico, en donde el papel de intervención nos invita a una observación participativa para hacer que las condiciones de posibilidad puedan comprenderse y reconstruirse y, a su vez, los horizontes de acción puedan habilitarse en un momento donde pareciera ser que muy poco puede hacerse.

Intervenir es así tomar un momento para pensar que nuestro sistema democrático es y ha sido reconfigurado históricamente con distintos propósitos, y que, en algunos casos, nuestras instituciones se han reorientado de la misma forma, construyendo, perdiendo y reorientando el horizonte y la claridad. En este sentido, hacer una intervención es un llamado a crear las condiciones de posibilidad para crear diálogos a partir de diagnósticos comprometidos con nuestras necesidades, críticos y responsables, tomando la palabra en el espacio público y así articular el verdadero ejercicio del pensamiento y la propuesta de su reconstrucción.

Por lo tanto, pensar nuestro contexto en torno a la democracia y sus instituciones nos invita a incomodarnos, a reflexionar en torno a los postulados de legalidad, según el cual el poder de Estado se expresa por medio de la ley. En este sentido, quizá debemos poner en juego un análisis para entender a la ley no como algo que demarca y limita dominios —legal e ilegal—, sino como procedimientos que pueden desarrollar y gestionar multiplicidad de acciones que pueden, a su vez, debilitar la propia condición democrática, si no se observan y distinguen con claridad.

La ley no es un estado de paz (Foucault, Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones, p.13), sino una batalla perpetua y un ejercicio de estrategias. Por ende, la definición clásica de la democracia nos refiere a que es un sistema político en el cual la soberanía recae en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de sus representantes, pero, al mismo tiempo, es imperativo comprender que estos significados no son estáticos; por lo tanto, nuestro llamado es a observar y entender nuestro funcionamiento social, de ahí que responsabilizarnos para comprender nuestra actualidad no es necesariamente pensar lo actual a partir de lo que somos, sino lo que estamos siendo, es decir, lo que somos y lo que estamos dejando de ser, para así poder hacer la pregunta por el porvenir. Es cierto que los procesos de construcción y transformación de Estado no son fáciles, pero vale la pena el riesgo de asumir una posición frente a lo que “estamos siendo con todas sus implicaciones”. Así, la toma de palabra implica ese compromiso colaborativo y contributivo, donde las discrepancias institucionales tengan cabida, donde la multiplicidad de voces pueda incursionar, sembrando y cosechando nuevas semillas.

¿Podría ser de otro modo? ¿Existe algo irrenunciable a este propósito?... Yo diría que nosotros somos aquello a lo cual no podemos renunciar, y esto conlleva a una perspectiva de colaboración y contribución más amplia, por los que están, por los que se fueron y los que están por venir…

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