¿Qué sabe el secretario de Hacienda, Edgar Amador, que no ha comunicado a los mercados?
¿Qué lo anima a plantarse ante un auditorio de empresarios y expertos financieros para asegurar que, contrario a lo que ven todos los demás, desde Palacio Nacional se ve por las ventanas la posibilidad de un crecimiento de 3.0% para este año?
Hablar de estos porcentajes tan alejados de la realidad no genera realmente un sentimiento de alivio entre la clientela política de la autollamada Cuarta Transformación, la discusión callejera no gira en torno a los puntos porcentuales posibles de expansión del Producto Interno Bruto.
Lo que sí produce es desconfianza entre los sectores productivos que, más allá de comprender lo que implica un pronóstico exagerado de la propia autoridad, sufren en carne propia los efectos de una economía largamente estancada.
Puede haber diferencias en la narrativa de los dos capítulos de la misma historia de este régimen. La presidencia actual es un poco más respetuosa con el sentido común de lo que ocurría con López Obrador cuando se mantenía en los reflectores del poder.
Pero donde no hay una modificación en la narrativa es en esa obcecada necesidad de mostrarse muy optimistas con el comportamiento de los diferentes indicadores económicos, lo que permanentemente ha sido desmentido por la realidad.
Es un hecho que en los mercados ya no ponen atención a los pronósticos oficiales como una guía prospectiva, lo hacen para calcular cuánto costará cada desviación en sus cálculos.
Ahí están los números. Entre el 2019 y 2025 solamente una vez la estimación de la Secretaría de Hacienda correspondió con el dato oficial del Inegi; y recuerdo muy bien que, en ese año, el 2023, fustigaron hasta de forma grosera a los analistas por su pesimismo. Pero solo fue la excepción que confirma la regla.
El resto de sus estimaciones han fallado hasta 200 puntos base, sin tomar en cuenta el inimaginable año 2020 de la pandemia.
No vayamos lejos, este gobierno actual estimaba una expansión económica el año pasado de 2.5% y la economía creció apenas 0.8%, para no ponernos más históricos.
Así que, cuando el secretario Amador adelanta que: “conforme el contexto externo se estabilice y se despejen temas en la agenda comercial, la confianza debería imponerse gradualmente, permitiendo que la demanda interna recupere dinamismo. Proyectamos un crecimiento más sólido hacia el 2026 que se consolidará hacia el 2027 conforme la inversión pública y privada se materialice”.
Después hace un malabarismo con las palabras y las cifras para dejar la idea de que ellos ven 3% de crecimiento del PIB para este año.
Políticos al fin, quizá no toque a las autoridades fiscales reconocer que las botas del autoritarismo oficial y de la inseguridad criminal corren en contra de cualquier buen pronóstico, pero al menos deberían tratar de recuperar una interlocución en el lenguaje de los modelos macroeconómicos con los expertos del mercado.
Al final, el peligro de gobernar con la política de los otros datos no es solo la pérdida de rigor técnico, sino el aislamiento. Mientras Hacienda siga redactando criterios económicos como si fueran propaganda electoral, el mercado seguirá atendiendo sus pronósticos como un síntoma de negación, no como una necesaria hoja de ruta.
